sábado, septiembre 19, 2009

LA TIENDA.





Muchas personas me han preguntado al regresar por la tienda, y la verdad es que para mí ha sido un "¡hogar, dulce hogar!".

La tienda tenía dos colchones enormes cubriendo el suelo, y encima de esos colchones pusimos las esterillas y las colchonetas, así que estábamos aislados del frío y parecía una cama de esas japonesas que están sobre un tatami, superexótica.

Pese a que David y Miriam nos ofrecieron varias veces su sofá cama, la verdad es que no aceptamos porque tanto Pedro como yo estábamos tan felices en la tienda.

Para empezar, por las noches, cuando todo estaba totalmente a oscuras, disfrutábamos de un cielo estrellado que no tiene precio, y como dice nuestro amigo Carlos, nada mejor que el hotel de las mil estrellas. En Aniak no hay farolas ni nada que se le parezca, así que de noche es muy de noche, cuál boca de lobo, como dice el refrán.

Las emociones que se viven durmiendo en una tienda en Alaska son difícilmente comparables con nada, salen a flor de piel. Los sonidos nocturnos son impresionantes y cuando hay silencio no hay nada que se le parezca, casi pesa tanto como una losa, en sentido figurado claro, pero el silencio para el alma es una novedad en estos tiempos que corren y cuesta acostumbrarse a él. El canto del urogallo y de otras aves nocturnas era una delicia. Animales que se acercaban enmedio de la noche, los oías andar entre la maleza y no sabías a que ibas a enfrentarte, pero merodeaban alrededor y, por fortuna, siempre era Randi con algún amigote. Pasos humanos en el camino de entrada a la casa. "Los pajaritos", como llama David a una familia que se peleaba a grito pelado rompiendo los sueños y el silencio cada dos por tres. Las ramas de los árboles que se mecían al antojo del viento, o la lluvia que caía con fuerza sobre el techo que nos cubría, música casi celestial para los oídos. Despertar bruscamente porque los perros ladraban más de la cuenta y acercar la mano a la escopeta preparados para todo. Mirarnos y hablar sin palabras cada vez que sentíamos algún peligro o escuchábamos algún tipo de ruido que no era normal...todo eso no tiene desperdicio, eso hizo en gran medida que este viaje fuera sentido y vivido con intensidad.

2 comentarios:

Carlos dijo...

Brutal ... dormir todos los días en una tienda en Alaska ... es de nota chiquilla ;-))).

Muuuu pero que muuuu bien.

Lorena dijo...

Carlos: Si es que...¿has visto como era muy difícil no acordarse de ti en semejante hotel?.